lunes, 22 de marzo de 2010

Guadalquivir

La savia verde sólo crece en el Guadalquivir.
Yo le lloro como su olmo seco.

Triana brota por una puerta en la muralla del agua abierta al cielo.
A uno de sus lados hay una torre
de vigía elevada al tizne del sosiego.
Su boca pequeña da al fondo a unos mosaicos preciosos
y, más al fondo al recuerdo.

La llaga no tiene arboledas libres -como mucho claveros
cetrinos que lloran en silencio
tras las ausencias- más que en los brazos del río,
y no en todo su largo por la herrumbre de Sevilla,
sólo en el ruedo puro del agua
donde cuelga el único cordón que cruza con recato,
por su esfera chica osándose el resto.

A un lado de la puerta abierta al cielo,
en una navaja ruinosa los árboles libres se cortan.
Al otro, degeneran en verdinegros
propios de bodegones y fosos secos.

Y las flores…
Si los árboles fuera del río están muertos,
las flores fuera de las curvas son esclavas.

La savia verde sólo crece en el Guadalquivir,
y yo le lloro en silencio.

*
Siento la Sevilla
que acaba en los árboles
y en la torre, germina.

Sólo donde nacen los flores
me hayo, entre orilla y orilla,
donde el pez y el cerrojo brillan.

Allá de pozos y ruinas...

Mi alma duerme,
y mi cuerpo, sierpe de hojalata,
te habita.

2 comentarios:

Suricato dijo...

Con cosas como esta descubro que soy más miope de lo que decían los oculistas.

Alejandro Soto Guerrero dijo...

Cómo me lo tomo? Jajaja

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