jueves, 24 de diciembre de 2009

Piazza San Pietro (marzo 2009)

Lo escribí antes de pisar Roma.

Es el resto de una gran ballena. Una osamenta milenaria blanca y gris civilizada con el tiempo desde que los fantasmas la bañaron en los mares del oro y de los falsos diamantes y rubíes.

Son los restos abandonados de vetustos navíos, que reclaman sedientos las hazañas del pasado.

La plaza se extiende a lo largo y ancho dentro de la ballena. Tiene la serenidad bajo las multitudes como un gran meteoro antiguo tachado en su cima. Parece estar excavado en la roca ahora serena. El centro lo recorren de cardo a decúmano pétreos canales áulicos de los mármoles mundiales, que tiempo atrás pagaron tributos traicionados. Brillan por la sangre ahora seca de los que impidieron el levantamiento del coloso. El arquitecto no pudo huir en vida de la belleza de su creación, que le atacaba en sueños. El único que sentía la vida terrenal y la crueldad de los guerreros que luchan por la eternidad en ella. Ellos son los enemigos de su primer rey, el que los armó sus caballeros, corruptos con los ojos vendados… y los desviados que se libraron de esta red, ¿por qué ojos veían, qué corazón sienten? Pero esta es ya otra historia…

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